Con Patanjali Aprendimos (CINCO)

by - mayo 12, 2020

Cuando nuestras capas florecen olvidamos lo que habita adentro 





 Dentro de todos habita una luz, una luz que está conectada con toda la vida existente, con todos los seres que están vivos, que han vivido o que vivirán. A lo largo de los años hemos ido recubriendo esa luz con capas, capas compuestas por nuestros miedos, tanto propios como heredados, por nuestros patrones de comportamiento, nuestros impulsos, por todo lo que nos gusta y nos disgusta, por todo eso que creemos que somos, que nos han hecho creer que somos o que hemos querido ser. Esas capas nos impiden ver nuestra propia luz y que otros también la vean y nos ocultan también la forma en que esa luz se conecta con las otras. 

 Nos hace desconocer que somos parte de una red que nos une a todos, que nos mueve, una red en la que nuestras acciones afectan a los otros y en que las acciones de los otros nos afectan también a nosotros. Nos quedamos entonces, simplemente observando nuestras capas, prestándoles toda nuestra atención, y la atención, así como el abono y el agua en las plantas, hace que todo florezca y nuestras capas comienzan a florecer. De esas etiquetas, de esos miedos, de nuestros condicionamientos, aunque suene paradójico, nacen hermosas flores y a medida que se hacen más bellas, que se tornan más grandes nos identificamos más con ellas y todos a nuestro alrededor las admiran y nos alaban por tanta belleza. Y es así como nos identificamos con nuestros cuerpos, con nuestras profesiones, con nuestros saberes, con nuestras objetos y dedicamos todos nuestros esfuerzos para potencializarlos, con el único propósito de aumentar nuestro jardín, de ser los mejores y esa búsqueda nos va alejando cada vez más de ese centro luminoso que somos. 

Además de las flores comenzamos también a echar raíces que cada vez nos reafirman más en esa vida que hemos creado, en todo eso que creemos ser y en lo que nos queremos convertir, anclándonos cada vez más a esa inercia, a ese apego, llevándonos a creer que no existe otra manera, que es la única realidad posible. 

Es probable que pasemos toda nuestra vida regando nuestras flores, reafirmando nuestras raíces, pero a veces y solo a veces, sucede que por un evento de nuestra vida o en un momento de contemplación o de silencio, esa luz se hace tan brillante que es capaz atravesar ligeramente nuestras capas por un instante y logramos percibirla muy sutilmente, nos damos cuenta entonces, que hay algo más y en un momento puede que decidamos seguir explorando, puede que decidamos soltar nuestro apego a esas flores, que decidamos podarlas, soltar esas raíces que creíamos tan profundas e innamovibles y que de ese deseo de contemplar nuestra luz, eso que habita en lo profundo, esas capas vayan cayendo permitiéndonos ver su intensidad y ver al mismo tiempo la luz de los otros, tan similar a la nuestra y ver además, todo eso que nos une, que nos afecta, que nos mueve. 

Y comenzamos a movernos, ya no para brillar nosotros, no para que crezcan nuestras propias flores, no para destacar, sino entendiendo la influencia que tenemos en todo cuanto nos rodea, comenzamos a actuar con mayor responsabilidad, tratando de refinar cada acción, cada movimiento buscando que la red comience a moverse de una forma cada vez más refinada, más pura. 

Dejamos entonces, de buscar ser los mejores, de pretender alcanzar metas personales por el simple deseo egoísta de tener cada vez más adornos, de cubrirnos cada vez con más capas, de ser cada vez más admirados, más envidiados, dejamos de actuar hacia el afuera y buscamos ahora hacer lo mejor todos los días, dar lo mejor que podemos en cada situación, sin expectativas pero observando como todo se transforma alrededor.


Sembrado por Elisa Ochoa (Mayo de 2020)

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