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SEMILLERO DE YOGA


Imagen tomada del libro: La Ciencia Sagrada de Sri Yukteswar



YFV. Filosofía 1

¿Cómo puede el ser humano relacionarse con el misterio de la existencia?

La filosofía suele habitar un territorio ambiguo dentro de nuestra sociedad y nuestra cultura. Se le reconoce como un saber fundamental, pero con frecuencia aparece asociada a sistemas de pensamiento que parecen distantes de la experiencia cotidiana. En muchos escenarios, la filosofía se presenta como un recorrido por ideas ajenas, por teorías ya elaboradas, por estructuras conceptuales que se aprenden, se repiten y, en ocasiones, se olvidan. Sin embargo, cuando la filosofía se aproxima a tradiciones contemplativas como el yoga, su naturaleza comienza a transformarse. Deja de ser un ejercicio orientado únicamente a comprender lo que otros pensaron y se convierte en una invitación a cuestionar la propia existencia.

Desde esta perspectiva, filosofar implica reconocer la capacidad profundamente humana de preguntarse. No se trata solamente de formular interrogantes para encontrar respuestas definitivas, sino de desarrollar la sensibilidad necesaria para habitar el misterio que se abre detrás de cada pregunta. La reflexión filosófica se desplaza así del terreno de la acumulación de conocimientos hacia un proceso de exploración que involucra la experiencia, la percepción y la construcción de sentido.

Dentro del campo del yoga, esta comprensión adquiere una dimensión particular. La filosofía no aparece como un saber aislado, sino como un espacio que articula aquello que en la tradición occidental suele abordarse de manera fragmentada. En esta visión, ciencia, psicología y metafísica no constituyen disciplinas separadas, sino lenguajes distintos para aproximarse a la experiencia de la conciencia y al lugar que el ser humano ocupa dentro del universo. Así, filosofar no se reduce a comprender la realidad, sino que se convierte en una práctica orientada a transformar la relación que el ser humano establece con ella.

Desde esta mirada emerge una comprensión distinta de la mente. Lejos de concebirse exclusivamente como un mecanismo generador de ideas o como un instrumento destinado a resolver problemas, la mente se entiende como un espacio que, al aquietarse, puede permitir el encuentro con dimensiones más profundas de la experiencia. Así, el pensamiento filosófico no busca multiplicar conceptos, sino refinar la capacidad de observar, de percibir y de abrirse a aquello que no puede ser reducido completamente al lenguaje.

Uno de los ejes que atraviesa esta mirada es la tensión entre trascendencia e inmanencia, dos formas de comprender la relación entre lo humano y lo sagrado. La trascendencia plantea la posibilidad de que lo sagrado se encuentre más allá de la experiencia material y de la condición humana. Desde esta perspectiva, el camino espiritual suele entenderse como un proceso de superación de las limitaciones del mundo ordinario, una búsqueda orientada hacia estados superiores de conciencia o hacia realidades consideradas más elevadas.

Por otro lado, la inmanencia propone que lo sagrado no se encuentra fuera del mundo, sino dentro de él. La experiencia cotidiana, el cuerpo, la materia y las relaciones humanas se convierten en escenarios posibles de realización espiritual. En lugar de plantear la espiritualidad como una huida del mundo, esta visión invita a reconocer el potencial transformador que habita en la experiencia misma de vivir.

Estas dos perspectivas no aparecen necesariamente como posturas excluyentes, sino como expresiones de un diálogo que ha atravesado distintas tradiciones espirituales y filosóficas a lo largo de la historia. Cada una de ellas representa una manera particular de responder a preguntas fundamentales sobre la naturaleza humana, el sentido de la existencia y la relación con lo absoluto. Estas respuestas, lejos de surgir en el vacío, se encuentran profundamente vinculadas a los contextos culturales, sociales y geográficos en los que emergen. Desde esta mirada, las tradiciones espirituales pueden comprenderse como mapas simbólicos construidos para orientar la experiencia humana dentro de realidades específicas, reconociendo que “el mapa no es el territorio”.

En este sentido, el yoga no puede entenderse como un sistema homogéneo ni como una tradición estática. Más bien, aparece como un entramado vivo que se ha nutrido de múltiples corrientes filosóficas y culturales. La exploración de estas raíces permite reconocer que la práctica contemporánea del yoga es el resultado de procesos históricos complejos en los que convergen distintas formas de comprender la conciencia, la materia y la existencia. Entre estas raíces se encuentran tradiciones como el Samkhya, el Yoga clásico, el Vedanta y el Tantra, cada una de las cuales ofrece una interpretación particular sobre la naturaleza de la realidad y el camino hacia la comprensión de la experiencia humana.

La reflexión sobre estas tradiciones conduce inevitablemente a cuestionar nociones aparentemente universales, como la forma en que se comprende el tiempo. La relación con el tiempo constituye una de las dimensiones más profundas a través de las cuales las culturas organizan su experiencia del mundo. En algunas sociedades, el tiempo se concibe principalmente como una proyección hacia el futuro, una estructura que orienta la acción humana hacia metas, logros y transformaciones por venir. Esta mirada, profundamente arraigada en la modernidad occidental, tiende a privilegiar la planificación, el progreso y la construcción permanente de horizontes por alcanzar. Sin embargo, esta orientación también puede generar dinámicas de ansiedad, aceleración e insatisfacción, al situar el sentido de la experiencia en aquello que aún no ocurre.

Otras culturas han privilegiado una comprensión del tiempo orientada hacia el pasado, reconociendo en la memoria, en los ancestros y en la tradición los elementos fundamentales para construir identidad y sentido. Desde esta perspectiva, el pasado no representa únicamente lo que ya fue, sino el territorio donde se conservan los vínculos que sostienen la experiencia colectiva.

Existen también visiones que centran la experiencia en el presente, entendiendo que la realidad solo puede ser habitada en el instante actual. Esta perspectiva resalta la posibilidad de vivir con mayor plenitud la experiencia inmediata, aunque también puede confrontar la necesidad humana de proyectarse y planificar.

Finalmente, algunas tradiciones espirituales han propuesto una comprensión cíclica del tiempo. Desde esta mirada, el tiempo no avanza únicamente en línea recta, sino que se mueve en ciclos que se repiten, se transforman y se regeneran. Los ciclos naturales, como el día y la noche o las estaciones, se convierten en metáforas para comprender el movimiento de la vida y de la conciencia.

Dentro de esta visión cíclica surge la noción de las yugas, entendidas como eras que describen transformaciones en la relación entre la humanidad y su origen. Estas eras (Satya Yuga, Treta Yuga, Dvapara Yuga y Kali Yuga) representan distintos momentos dentro de un ciclo cósmico en el que la conciencia transita por procesos de mayor o menor cercanía con su fuente original. En este modelo, el tiempo se concibe como un movimiento en el que el universo emerge desde un punto de origen, se expande y, al alejarse progresivamente de ese centro, experimenta transformaciones en su relación con la conciencia. Sin embargo, el ciclo no se detiene en ese alejamiento, sino que plantea la posibilidad de un retorno, sugiriendo que los procesos de transformación contienen siempre la semilla de un nuevo acercamiento al origen.

Comprender estas nociones no implica necesariamente asumirlas como verdades absolutas, sino reconocerlas como formas simbólicas de interpretar la experiencia del tiempo, la historia y la conciencia. Desde esta perspectiva, el estudio filosófico del yoga no busca ofrecer respuestas definitivas sobre la naturaleza de la realidad, sino ampliar los marcos desde los cuales es posible comprenderla.


Sobre aquello que no muere

Al adentrarse en las raíces filosóficas que nutren la práctica contemporánea del yoga, particularmente en el diálogo entre el Yoga clásico, el Samkhya, el Vedanta y el Tantra,  empieza a hacerse evidente que, aunque estas tradiciones se desarrollaron en contextos históricos, culturales y espirituales distintos, parecen orbitar alrededor de un mismo conjunto de inquietudes fundamentales. No necesariamente comparten doctrinas ni conclusiones definitivas, pero sí comparten preguntas dignas de ser habitadas.

Más que sistemas cerrados de pensamiento, estas corrientes pueden leerse como intentos reiterados por comprender cinco grandes misterios de la existencia humana: la naturaleza de aquello que somos, la forma en que percibimos la realidad, el origen del sufrimiento, la posibilidad de liberarnos de él y los caminos concretos que permiten recorrer esa transformación.

Una intuición atraviesa de manera persistente estas tradiciones: la sospecha de que el ser humano no se reduce a su dimensión visible, ni a su historia personal, ni siquiera a su vida biológica. Existe la idea, expresada con distintos lenguajes, de que hay en nosotros un principio que no nace ni muere, una forma de conciencia que permanece como testigo silencioso de la experiencia.

En algunas visiones, esta conciencia aparece como una presencia que observa sin involucrarse, una suerte de fundamento inmutable que permanece intacto mientras todo lo demás cambia. En otras, esta misma conciencia no solo constituye la esencia del individuo, sino que es idéntica a la esencia del universo entero, borrando la frontera entre lo íntimo y lo absoluto.

Otras tradiciones, lejos de oponer esa conciencia al mundo material, sugieren que esta se expresa precisamente a través de la materia, del cuerpo, de la energía y de la experiencia sensible. La espiritualidad, en este sentido, no consistiría en escapar del mundo, sino en aprender a reconocer lo sagrado en su manifestación cotidiana.

Ligado a esta pregunta surge otra inquietud: si existe una dimensión más profunda de la realidad, ¿por qué nuestra experiencia cotidiana parece estar atravesada por la confusión?

Estas corrientes hablan de una especie de velo que cubre la percepción humana. No necesariamente un engaño en el sentido moral, sino una forma de interpretación que hace que lo cambiante parezca permanente, que lo fragmentado parezca separado, que lo superficial parezca definitivo.

Este velo, a veces nombrado como ilusión creadora, no solo oculta la realidad última, sino que también la hace posible. No es únicamente un obstáculo, sino también una forma en que lo absoluto se manifiesta en la multiplicidad del mundo.

Mientras algunas corrientes espirituales proponen trascender esa ilusión para alcanzar un estado más puro de conciencia, otras sugieren que la ilusión misma puede convertirse en un camino de revelación si se la observa con suficiente profundidad.

Otra coincidencia profunda entre estas tradiciones es el reconocimiento de que la existencia humana está inevitablemente atravesada por el sufrimiento. No como una afirmación pesimista, sino como un diagnóstico lúcido de la vida misma.

La impermanencia de todas las cosas, el apego a aquello que cambia y la tendencia a identificarnos con nuestros pensamientos, emociones o roles generan una tensión constante que se expresa como insatisfacción, ansiedad o temor.

Desde esta perspectiva, el sufrimiento no sería simplemente un accidente de la vida, sino una consecuencia de una confusión más profunda sobre quiénes creemos ser. En la medida en que la conciencia se identifica con lo que observa, queda atrapada en el vaivén de los cambios.

Algunas tradiciones, sin negar el dolor, plantean incluso que la experiencia del sufrimiento puede convertirse en una puerta hacia la transformación cuando se atraviesa con presencia y comprensión.

Ahora, si el sufrimiento es posible, también lo es la liberación. 

Para algunas visiones, liberarse implica reconocer la diferencia radical entre la conciencia y la naturaleza cambiante del mundo. Para otras, la liberación no consiste en alcanzar un estado nuevo, sino en recordar una verdad que siempre ha estado presente. También existen perspectivas que no conciben la liberación como una salida del mundo, sino como la capacidad de experimentar unidad dentro de la experiencia misma.

En cualquiera de sus formulaciones, la liberación aparece menos como una conquista externa y más como un cambio en la forma de percibir la realidad.


La condición humana

Si las tradiciones del Yoga, el Samkhya, el Vedanta y el Tantra dedicaron amplios esfuerzos a explorar la naturaleza de la conciencia, la ilusión y la posibilidad de liberación, es porque parten desde una misma mirada: existir implica habitar un ciclo constante de experiencia, transformación y repetición.

Esta dinámica suele conocerse como Samsara, un término que hace alusión al flujo continuo de nacimientos, muertes y renacimientos. Más allá de su interpretación literal o simbólica, la idea de Samsara describe la sensación de moverse en patrones que se repiten, en historias que parecen cambiar de forma pero conservan estructuras similares, en aprendizajes que regresan con nuevos rostros.

Samsara no solo habla del ciclo de la vida y la muerte en un sentido cosmológico, sino también del modo en que los seres humanos recreamos constantemente nuestras propias narrativas, vínculos, temores y deseos. Es el movimiento circular de la experiencia cuando la conciencia permanece atrapada en aquello que desconoce.

En el corazón de este ciclo aparece otro concepto fundamental: Duhkha, usualmente traducido como sufrimiento, pero que podría entenderse también como una forma de fricción inherente a la existencia. No se trata únicamente del dolor evidente, sino de una sensación más sutil de insatisfacción, de incompletitud, de inestabilidad frente a un mundo en permanente cambio.

Estas tradiciones coinciden en señalar que esta experiencia de sufrimiento no surge como castigo ni como error accidental de la vida, sino como consecuencia de Avidya, la ignorancia fundamental sobre la naturaleza de la realidad y sobre quiénes creemos ser. Cuando la conciencia se identifica exclusivamente con aquello que cambia (el cuerpo, los pensamientos, las emociones, los roles sociales) queda inevitablemente expuesta a la fragilidad de lo transitorio.

Sin embargo, el reconocimiento del sufrimiento no aparece como una postura fatalista, sino como un punto de partida para la transformación. Comprender la raíz del sufrimiento abre la posibilidad de interrumpir su repetición.

En este punto emerge el concepto de Karma, entendido no como un sistema de premios y castigos morales, sino como la ley de causalidad que atraviesa la experiencia humana. Cada acción, pensamiento o intención genera consecuencias que, de manera directa o indirecta, configuran la realidad que habitamos. El karma no opera como destino rígido, sino como una red dinámica de causas y efectos en la que cada ser humano participa activamente.

Desde esta perspectiva, la libertad no consiste en escapar del entramado de la experiencia, sino en volverse consciente de la forma en que participamos en su construcción. La ignorancia reproduce el ciclo; la conciencia introduce la posibilidad de transformarlo.

………………….

Si algo parece revelarse al recorrer estas nociones, es que las tradiciones que nutren el yoga no buscan negar la condición humana, sino comprenderla con total profundidad. El sufrimiento, la repetición y la consecuencia de nuestras acciones no son errores del sistema, sino expresiones de un proceso de aprendizaje que puede conducir, eventualmente, al reconocimiento de aquello que permanece más allá del cambio.

En ese sentido, la filosofía deja de ser una colección de ideas sobre la realidad para convertirse en una invitación a habitar la existencia con mayor lucidez. La práctica del yoga, entendida desde sus raíces filosóficas, no aparece entonces como un conjunto de posturas o técnicas aisladas, sino como un camino que busca transformar la relación entre la conciencia, el mundo y la experiencia humana.

Quizá el valor más profundo de estas tradiciones no reside en ofrecer respuestas definitivas sobre el universo, sino en recordarnos que la pregunta por quiénes somos sigue abierta. Y que, tal vez, el verdadero recorrido espiritual no consiste en abandonar la condición humana, sino en atravesarla con suficiente atención como para descubrir, en medio de su movimiento constante, aquello que nunca ha dejado de estar presente.


Sembrado por: Estefanía García (4 de febrero de 2026, como relatoría de la primera sesión del Módulo de Filosofía del Ciclo de Profundización de Yoga como Filosofía Viva)

 

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